Francisco Ricardo Bedoya Bayarre es un joven rejoneador, de 22 años, que reside en Villamanta (Madrid).
Es hijo de la gran figura del toreo a caballo Curro Bedoya, de quien ha tomado el nombre profesional.
¿Cuándo te diste a conocer?
Empecé como profesional en el año 2000 en las fiestas de Villamanta, toreando con mi padre. Para mi fue muy bonito presentarme en el pueblo que me ha visto crecer, con mis amigos en las gradas. Es un momento de mucha responsabilidad, tienes que estar bien para que la gente que te conoce de toda la vida se sienta orgullosa de ti. Recuerdo que salió un toro bastante bueno, cuajé una faena importante y corté dos orejas.
Ese es el momento de tu presentación. ¿Ha llegado ya la alternativa?
La iba a tomar en el año 2003 pero un accidente en la plaza de Colmenar de Oreja truncó la posibilidad. Desde entonces no tengo prisa, será cuando yo vea que es el momento, la verdad es que parece estar gafada, siempre que he ido a tomarla me ha ocurrido algo. Puestos a elegir, me gustaría tomarla en la plaza de las Ventas, si sale así, encantado.
Ese accidente en 2003 en Colmenar marca tu carrera de forma importante.
Sí, fíjate que era el momento de la retirada profesional de mi padre. Yo tenía previsto viajar a Barcelona, Mallorca o Zaragoza. Todo quedó truncado. Al caer del caballo me golpeé la cabeza contra el suelo y quedé en coma. En el momento en que los médicos tomaron una decisión, me quedaban seis horas de vida. Pero todo salió bien, fue un recuperación rápida, con mucho esfuerzo y ganas de volver a los toros.
¿Cómo fue el regreso?
Fue en un pueblo de Murcia, toreaba con Andy Cartagena y ese momento del paseíllo fue muy especial por su significado.
Volviendo al pueblo que te ha visto crecer, ¿por qué elegisteis Villamanta para vivir?
Bueno, por cosas del destino, mi padre toreaba en Colombia, nací en Barcelona, de donde es natural mi madre. Pero mis recuerdos, mis amigos y mi vida están en Villamanta. Mi padre siempre ha estado muy vinculado a este municipio, desde pequeño lo he visitado con él y aquí siempre he tenido amigos.
¿Conservas todavía los amigos del colegio?
Sí claro, sobre todo a Rubén González, desde que en 1998 dejé el colegio con 16 años y me concentré en el mundo de los toros, perdí el contacto con todos ellos. Hace aproximadamente un año me reencontré con Rubén y ahora mantengo un contacto con muchos amigos de la infancia, como él o Eduardo. A parte de los toros, necesitas un poco de libertad, de vida social y los amigos te ayudan a evadirte. La verdad es que tengo que darles las gracias a todos por estar siempre apoyándome. Además, han creado una peña con mi nombre. En la vida hay tiempo para jugar un poquito al fútbol o al tenis o echarse novia, que por falta de tiempo no he tenido posibilidad de pensar en ello.
¿Cómo es la vida diaria de un rejoneador?
Es prácticamente una monotonía, me levanto a las siete de la mañana, para empezar a las 7.30 a montar a caballo, hasta las 15.30. Descansas hasta las 16.00 y de nuevo practicas hasta las 20.00 horas. Los fines de semana los dedicas un poco más a cosas de la finca y a asear los cerca de 21 caballos que tengo que cuidar.
¿Dónde sueles entrenarte?
En la finca que tenemos en Villamanta, tanto en el picadero cubierto como en la plaza de toros.
Curro, ¿por qué eliges ser torero, por tradición o porque te lo pide el cuerpo?
Yo siempre lo he vivido, podría decirte que estaba destinado a serlo. Lo he vivido a diario con mi padre, a mi siempre me ha gustado, algo me ha llamado la atención por dentro para estar ahí frente al toro.
¿Tu padre te ha animado a seguir su ejemplo y dedicarte a esta profesión?
Mi padre me advirtió, nunca me ha obligado a nada, me dijo esto es muy duro, requiere mucho sacrificio, si te soy sincero es más difícil de lo que yo me pensaba. Pero él siempre está ahí, comentando la faena, dándote consejos, siempre pendiente de ti.
Hablas de sacrificios, imagino que también habrá satisfacciones.
Sí, sobre todo ese momento que te sale un toro bueno y te da un juego estupendo, donde te sientes torero de verdad, disfrutas toreando que es lo importante, hay momentos en los que estás con un toro tan a gusto y concentrado que te da la sensación de estar solos en la plaza, y surge una bonita faena y es cuando la gente disfruta, eso yo no lo cambiaría por nada. Cuando sale un toro malo también es interesante porque aprendes más.
¿Cuál es el balance de la temporada hasta el momento?
Va muy bien, cortando una media de tres orejas por corrida por tanto está siendo satisfactoria. Ahora queda un intenso mes de septiembre con cerca de 20 corridas, y todas son importantes.
¿A dónde te gustaría llegar en esta profesión?
A ser el número uno, ahora mismo está Pablo Hermoso Mendoza, tiene un sitio en la historia por su buen hacer en el mundo del rejoneo, pero bueno, yo aspiro a, por lo menos, igualarlo.
¿Qué diferencia hay entre un torero rejoneador y un torero a pie?
Son dos cosas distintas e iguales. En el mundo del rejoneo es más difícil porque tienes que contar con tres cosas, el toro, manejar el caballo y tú mismo, sin quitar mérito al toreo a pie, que es más arriesgado. En el toreo a caballo es más sacrificado, en el invierno hay que seguir manteniendo los caballos.
Curro, ¿qué se siente delante de un toro?
Cada persona sentirá algo distinto, yo cuando entro en la plaza y estoy con el toro, no lo cambiaría por nada, disfrutando y pasándolo bien, sintiéndote a gusto y me da igual lo que me pase.
¿Se mira a los ojos al toro cuando estás ahí, en la plaza?
Sí, cuando un toro te está esperando para hacerle un quiebro, le suelo mirar a los ojos y así sé cuando se va arrancar y adivinas el momento que tercia para pegarle el quiebro.
¿Alguna vez se te ha pasado por la cabeza preguntarte por qué te dedicas a esto?
Bueno, el torero que te dice que no tiene miedo es mentira, para mi el miedo se deja atrás cuando sales a la plaza, el peor momento es cuando estás calentando los caballos para salir al paseíllo, oyes los clarines, y se te pasan muchas cosas por la cabeza.